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Idolatría a la modernidad

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Por Ricardo García Jiménez/APIM.- La modernidad, como fenómeno histórico y social, constituye un hecho de análisis y discusión en el ámbito de lo social que ha tratado de explicar distintos sucesos de hoy en cualquiera de las esferas económica, política o social que pueden encontrar en su pasado la explicación de los mismos, aunque no existe un criterio universal para estudiarla resulta propio el hacer uso el materialismo dialéctico.

El sociólogo ingles Anthony Giddens hace referencia que los “modos de vida y organización sociocultural que surgen en la Europa desde el siglo XVIII en adelante”, sitúan el comienzo de la era moderna, pero otros historiadores clásicos sitúa el inicio de la edad moderna entre los siglos XV y XVI en Europa.

Estos siglos que marcan el punto de quiebra con el medievo, trazan a la vez un periodo al que podemos denominar primera modernidad. En ella se da una expansión de redes comerciales que influyen en la rearticulación de una nueva estructura social que da paso al surgimiento de clases sociales como el auge de la burguesía y de aparición de los primeros Estados absolutistas centralizados que posibilitan la constitución de la aristocracia como estamento de clase. Pero después del siglo XVIII, se puede hablar de una modernidad clásica. Esta segunda podríamos señalar alude a considerar a las sociedades verdaderamente modernas.

Por su parte,  Jürgen Habermas señaló que en los inicios de la modernidad, se comenzó a gestar el desarrollo de la “autoconsciencia” de la humanidad, situación que según nosotros coadyuvo a distinguir a la aun no acabada estructura de las clases sociales descrita bajo el esquema del materialismo histórico y la lógica dialéctica.

Esta nueva cosmovisión, que es impulsada desde la clase dominante y que el propio Nicolás Maquiavelo en su tiempo dio cuanta en sus obras, el Príncipe y Los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, guiaron el establecimiento de la génesis y los comienzo reales de la lucha de clases para imponer sentido a todo los grupos (clases sociales) que comenzaban a diferenciarse. Esta visión del florentino impulso el supuesto de que toda comunidad tiene dos espíritus antagónicos: el del pueblo y el de los grandes (que quieren gobernar al pueblo).

En este periodo de la historia de la humidad se buscó trazar universalmente un nuevo sentido de vida que se va a expresar a través de tres proyectos característicos que se gestan como una emancipación de la férrea tutela del poder eclesiástico que existió hacia fines del siglo XV.

Clásicos de las ciencias sociales como Karl Marx, Emile Durkheim o Max Weber analizaron en su momento los cambios que habían redibujado el mapa de la Europa de mediados del siglo XIX a partir del siglo XVIII. Carlos Marx señalaba que la configuración de un nuevo orden moderno de corte capitalista, era la expresión histórica política e intelectual de una sociedad que está determinada por el modo de producción y la formación socio-económica que se deriva de ella. Una vez aparecidas las clases sociales sobre la base de la propiedad privada y la explotación, la historia de las sociedades, señala Marx, ha sido la historia de la lucha de las clases explotadoras y las explotadas, ya que según él, este sistema económico, político y social se erigía en el centro mismo de la modernidad. En segundo lugar, Durkheim hacia hincapié en el impacto que ejercía el desarrollo de la industrialización, caracterizado por la consolidación de un orden industrial basado en la división del trabajo, misma que había influenciado en la transformación de las instituciones sociales tradicionales. Según Durkheim, la modernidad de estas sociedades donde la diversidad es la característica central, donde la división del trabajo ha hecho posible que la individuación y la cohesión social avancen a la par, es el sello de una época moderna. Por último, desde el punto de vista weberiano, la modernidad tenía que ver con la  racionalización de la organización social e institucional. Weber difería del materialismo histórico marxista en la medida en que consideraba a la modernidad como una condición cultural del mundo occidental, más que como un período histórico.

Aunado a lo anterior, la modernidad catapulta la creación de distintos proyectos que impulsa la creación de la Empresa Capitalista, basada en el cálculo racional que mide el costo y beneficio de los actores dentro de un sistema económico; el Estado Moderno, centralizado y burocrático que reconoce y otorga cierto tipos de derechos a los individuos o ciudadanos; y la Ciencia, basada esencialmente mediante el método hipotético-deductivo, el cual apoyado las matemáticas, tratan de validar toda conjetura formulada. Todos estos proyectos distinguen la particularidad de la modernidad.

Hay que recordar que en la Edad Media, la visión del mundo y la creación de la cultura giraban en torno a la figura divina, sustentada en el teocentrismo y la fe como medio para conocer ya aceptar la verdad de los hechos. Pero ya en plena modernidad, en el renacer del hombre, se crea una nueva actitud que centra su acción en las facultades que posee el ser humano, a través del uso de su razón que busca cambiar las condiciones de existencia a partir del cálculo de los costos-beneficios que le puedan retribuirle una ganancia personal (política, económica, social) del cambio de la realidad.

Por lo tanto estos cambios definen también un nuevo sentido, individualista, en la búsqueda de una felicidad efímera característico en el liberalismo social y económico que irrumpió hacia fines del siglo XVIII.

A esta nueva actitud del sujeto individualizado se suma el desarrollo de una incipiente ciencia y tecnología como medios para el logro de sus objetivos pero también bajo la idea de que toda poderosa “mano invisible” lo puede controlar todo.

Asimismo y durante toda la época en que se desarrolló la Modernidad, cinco siglos, las nuevas estructuras sociales que se construían y re articulaban se hacían en torno, por decirlo de algún modo, al surgimiento de la empresa capitalista y el fortalecimiento del aparato estatal burocrático; que ambos son una síntesis de la expresión de una clases social que confiere sentido al toda la estructura social, proceso que el sociólogo alemán Max Weber estudió con gran ahínco cuando examinó a la llamada institucionalización de la acción racional con arreglo a fines de mostro la importancia que tenia la burocracia para el control social y la unidad de todo el entramado de la sociedad.

Según Weber, el triunfo del modo de producción capitalista, es debido a que el capitalismo se racionaliza globalmente para redefinir la estructura social a partir de la diferenciación del agente social y el logro de intereses personales.

Pero es también a partir de la desagregación y especialización de las esferas de la actividad humana como la racionalidad, que reorganiza la estrategia medios-fines, que la que busca en esencia redefinir una concepción de la realidad del mundo en el sujeto social.
Por ejemplo, en la Economía se focalizada la concentración del encausamiento de las fuerzas productivas que marcan el desarrollo de un modo de producción fabril especifico, mismo que define un nuevo modo de producción que sustenta y articula el tejido social que, según Carlos Marx, posibilitan la aparición del proletariado y capitalista como una síntesis dialéctica de la sociedad; en el Derecho, por ejemplo, la constitución del Derecho Público y Privado otorgan al Estado las facultad de sancionar aquellos sujetos que fuera de su posición de clase social, atenten contra la unidad del Estado, pero también garantiza al interior de su clase, el respeto e igualdad entre iguales bajo un principio de equivalencia “justa”.

Es así que esta nueva racionalidad gestada en el seno de la modernidad, no es capaz de pasar de la justificación de la relación medios-fines a la justificación de los fines, ya que la justificación de la acción humana como es concebida en este esquema de acción instrumental, esta no prevé la idoneidad del medio. En pocas palabras, “no importan los medios, sino alcanzar los fines”, rezará la máxima maquiavélica.

La modernización referida bajo el esquema del marxismo ortodoxo, esta centra en el aumento sin precedentes de las fuerzas productivas y la productividad del trabajo, a la formación de capital y la movilización de recursos materiales y humanos que cosifican el trabajo en la mercancía tan demandada a la satisfacción de necesidades humanas.
El racionalismo occidental que estudia Weber, como nueva experiencia del progreso y aceleración de los acontecimientos históricos, supone una voluntad de dominación instrumental que refiere a la dinámica interna que presenta el proceso de desarrollo de la ciencia y la tecnología como instrumentos que allanan el camino a intensificación del proceso de producción capitalista.
Con la Modernidad comienza la era de la premeditación, de la hegemonía de lo cuantitativo frente a lo cualitativo, que se caracteriza, según Weber, por la racionalidad científico-instrumental que justifica la relación medios-fines ponderando al fin, como lo mas valioso en esta formula epistemológica.

En medio de esta justificación se observa que la acción tecnológica, que es aquella que se  realiza de forma más eficaz, con ella se logra el mejor resultado economizando en menos tiempo a un menor costo; en resumen, es la acción que se considera más “racional” la que otorga mayores beneficios a toda la sociedad.

Por ello, el discurso alegre y triunfalista de la era de la modernidad señala: “Si la razón es capaz de prever los movimientos de los astros como demostraron Copérnico y Galileo, y luego Newton, es uno de los pilares de nuestra cultura. Entonces la razón podrá resolver todos los dramas humanos. Pondrá fin al dolor, al hambre, a la peste. Por lo tanto: ¡Creará un mundo de luces, progreso y felicidad!”.
Pero cinco siglos después, el saldo es negativo. Los datos que arroja la Organización de las Naciones Unidas señala que somos 7 mil millones de personas en el planeta, de las cuales más de la mitad vive por debajo del nivel de pobreza extrema, y 852 millones de esos sobreviven con hambre crónica.

Debemos centrar también que según la FAO, el mundo puede producir lo suficiente para alimentar 11 mil millones de personas. Pero la existencia de esta asimetría consideramos esta vinculada a la excesiva concentración de la riqueza solo en el 2 por ciento de la población mundial.

Por la tanto, la crisis de la modernidad inicia en el momento en que el sistema capitalista alcanza su etapa más alta de desarrollo y adquiere un nuevo carácter, la llamada época neoliberal. Pero este modelo aún no finiquitado busca reconstituirse metamorfoseándose bajo una propuesta postmoderna que es una continuidad mejorada del capitalismo que incorpora manifestaciones de sentido ético en su discurso, según anteponiendo el cuidado del medio para alcanzar los fines y conservar el carácter del respeto a lo humano y a su entorno.

En ese sentido, palabras como “desarrollo”, “progreso”, “producción”, “comercio”, “mercado” y otras asociadas al proceso productivo capitalista, tiene ahora en la postmodernidad un cierto componente ético que el discurso todos debemos resultar beneficiados de este cambio de sentido de la humanidad.

Pero en realidad hoy el término “modernización” tiene detrás una fuerte connotación tecnológica, carente de un contenido humano. Modernizar en estos contextos es querer homologar tecnológicamente la conducta de una clase social determinada centrada en valores como el competir, luchar, adquirir, desear, necesitar, comprar todas aquellas mercancías y servicios que den identidad al sujeto como son los que se sustentan en el paradigma de una sociedad de consumo, aunque ello signifique sacrificio para millones de personas y sus economías personales y de familia su propia existencia.

El Mercado es pues, el nuevo fetiche de la sociedad en que vivimos.  Este sigue existiendo, no se ha ido. Sigue ahí. Sigue regulando las relaciones sociales entre sectores en igual de situaciones y/o entre sectores o clases sociales en situación de desigualdad, hoy las brechas entre clases sociales es mas honda.

Por lo tanto, la modernización capitalista se mundializa mediante proceso de integración-desintegración de las culturas a las que somete; aunque no deja de encontrar resistencias y antagonismos en ciertos sectores de la sociedad, el capitalismo busca los mecanismos para persuadir e imponer el sentido a las acciones individuales y colectivas. La modernidad como modelo que describe un modo de ser occidentalizado, y la modernización como un conjunto de procesos que busca imponer por distintas herramientas ese modo de ser, se impone sobre las formas pre capitalistas existentes en los territorios conquistados destruyéndolas, o bien subordinándolas, transformándolas y utilizándolas para sus propósitos beneficios.

El proceso de modernización reviste para cada caso expresiones específicas de alienación y enajenación, pero los determinantes que impulsan a la modernización en los territorios sometidos son fundamentalmente externos e impuestos a través de medios diversos entre los que se encuentran no sólo la coacción o la violencia, sino también por el efecto de imitación que tiende a crear en el sujeto aspiraciones del “deber ser”, o la mímesis entendida como la producción de tipos sociales que no se fundan en un conocimiento activo de la conducta, sino en el reconocimiento pasivo y la asimilación de este modelo de comportamiento que definiría un cierto tipo de practica social o cultural que tienda a homogenizar la conducta individual como los describiría Pierre Bourdieu dentro de una campo de las actividad social.

Por lo que la modernización como resultado de la expansión del mundo de la mercancía es a veces más aparente que real o reviste un aspecto superficial y/o desigual que vincula las aspiraciones individuales a través de la cosificación de las mercancías que crea nexos para orientar las acciones de los individuos.

De ahí que Marx afirmará que el fetichismo de la mercancía es algo intrínseco a las sociedades productoras de mercancías, ya que en ellas el proceso de producción autonomiza la voluntad del ser humano enajenándola en los falsos deseos que le son creados.

El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de sus productores.

El mercado ahora es internacional, globalizado, se mueve según sus propias reglas, y no de acuerdo con las necesidades humanas. De hecho hoy predomina la colonización globalizada, que es la imposición en el planeta del modelo anglosajón de sociedad de consumo. Centrado en la creación de necesidades muchas veces inexistentes, donde la  especulación, en la transformación del mundo en una garita global.

Por ello, la modernidad es un proyecto que sigue alimentando una crisis que los seres humanos de hoy viven de todas las maneras existentes. La modernidad y el desarrollo tecnológico no han cumplido con sus principios o máximas de otorgar una mejora sustantiva a los hombres de estos tiempos.

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